Al cosechero del siglo XX no lo mataron las cooperativas, sino la burocracia. Cuarenta años después, otra vez la burocracia, sumada a la ceguera de las administraciones públicas y una política agraria europea, nacional y regional que ha premiado al malo frente al bueno, al café (o el vino) para todos, va a terminar de apuntillar al cosechero y al viticultor del siglo XXI: “La productividad es el timo de la estampita para el agricultor”, sostenía don Manuel Ruiz Hernández en una entrevista realizada en febrero de 2019. Es decir, faltaba un año para la pandemia, tres para la guerra de Ucrania, la crisis arancelaria era anecdótica con el primer mandato de Trump y la inflación de los materiales e insumos aún no había empezado a disparar los costes de producción.
Pero Rioja, como sucedió también en su momento en Cava, ya había entrado en la espiral de conseguir uva barata para vender botellas de vino más baratas. El vino es un maravilloso producto con el que, por sus intangibles emocionales, se puede intentar sobrevivir sin seguir los dictados de la economía de escala, pero la avidez por elevar las producciones y reducir costes ha sido una tentación irresistible. La edad media del viticultor, en Rioja y en España, ronda los 60 años y no son pocos los casos que jubilados parcial o íntegramente han tenido que regresar a la actividad para cuidar sus viñedos bajo riesgo de abandono. La figura del rentista (un cultivador que gestiona la viña y aportaba un 25-30% del rendimiento a su propietario) fue un parche que funcionó durante años, pero, si no hay precios dignos de la uva, no hay renta y, por tanto, tampoco rentista. El viticultor, que se supone sigue siendo propietario del 80% del viñedo de Rioja, va camino de convertirse en una especie en peligro de extinción en Rioja y, probablemente, en buena parte del planeta vitivinícola.
En Burdeos, salvando las distancias, se cuentan ya tres suicidios íntimamente ligados a la crisis del sector vitivinícola. El último, el de Guillaume Petregne, de 44 años, quien, tras dejar su trabajo como directivo de un centro escolar privado en 2016 (años buenos para el vino y no tan lejanos), se había incorporado a la bodega y la explotación histórica familiar de viñedo. La crisis que está sufriendo el sector es mucho más profunda de lo que parecía, incluso hasta para quienes y hasta hace cuatro días, al menos en Rioja, seguían sosteniendo que todo esto que estamos viviendo era una situación coyuntural y que la culpa era del cha, cha, cha y de los voceros como el que escribe.
Los jóvenes lo tienen muy difícil para continuar en la actividad y, mucho más difícil es incorporarse desde fuera sin tierra ni maquinaria, pero, sobre todo, sin perspectivas de rentabilidad, el relevo generacional es una quimera. Continuar significa hacerlo ahora mismo por vocación, con la tentación cada día mayor de vender la bodega y/o las viñas heredadas, aunque sea a precios de crisis para comprarte un Tesla y, si da, pasarte a la economía financiera a intentar vivir del dividendo.
Estamos viviendo una transformación radical del modelo, en el mundo del vino y del campo en general. El camino nos lleva al agrobusiness, en el que unos pocos hijos de los agricultores se convertirán en capataces a sueldo de grandes empresas o fondos de inversión una vez hecha la limpia. Si el modelo, incluso si los vinos, acaban siendo peores o mejores que lo juzgue cada uno, pero sin viticultores ni cosecheros no habrá vida en los pueblos y buena responsabilidad de ello recae en la ceguera administrativa que, en lugar de utilizar el elevadísimo soporte de dinero público existente en este sector para proteger al auténtico viticultor y al cosechero, lo ha entregado en dar subvenciones para cultivar para producir más (en lo últimos tiempos incluso para tirar uvas al suelo como con la cosecha en verde) ye incluso prostituir conceptos ccomo la sostenbilidad siguiendo las economías de escala.
Siempre he intentado llamar a las cosas por su nombre. Damián es un veterano viticultor riojano que seguía por pasión en el campo pero en los últimos años la situación se le ha revertido angustiosa: “No tengo relevo, he cumplido 74 años y he estado cotizando durante 60 a la Seguridad Social, pero no puedo jubilarme porque nadie quiere llevar mis viñedos”. Sonia se separó en 2013 y se hizo viticultora, como lo fue su padre, y hasta hace poco lo era con su hijo: “Nos dio para cuatro años buenos pero a partir de 2020 el precio de la uva se hunde y se disparan los gastos, así que empezamos a perder dinero por trabajar”. Sonia curra en la actualidad en una fábrica y ayuda con su sueldo a su hijo a intentar seguir en los viñedos y en el campo en su tiempo libre sin cobrar un euro. Ángela decidió con su marido invertir en tierras y dedicarse a la viticultura a mediados de la década pasada. La hija de Ángela se hizo agricultora en 2015: “Compramos tierras, 'papel' para plantar e hicimos una inversión fuerte, pero mi hija ya lo ha dejado...”. “Invertimos convencidos de que nos estábamos labrando un futuro pero ahora apenas tenemos nada”.
Dudo mucho que los vinos 0.0. y/o desalcoholizados -ahora que esas cosas ya se llaman así oficialmente- vayan a permitir al viticultor y/o a la pequeña bodega salir de este timo de la estampita, pero es cierto que, aun con todo, se están haciendo mejores vinos que nunca. La revolución silenciosa que prendió en Rioja hace más de una década, y que plasmé junto con Antonio Remesal en el libro 'Rioja. Vinos Silenciosos', es un auténtico revulsivo, pero sobra viña -la que nunca debió plantarse- y, en lugar de afrontar el problema, aquí en Rioja se han pulido más de 130 millones de euros de dinero público en destilaciones y cosecha en verde, con lo que el problema de fondo continúa.